LA REFORMA UNIVERSITARIA DEL 18 Y EL DEBATE QUE AÚN NOS DEBEMOS

La segunda década del siglo XX estuvo marcada por la Gran Guerra y el espíritu de la Revolución Rusa -en el plano internacional-, y por el evidente proceso de democratización, suscitado a partir de la participación de las clases medias y populares argentinas, con la llegada de la Unión Cívica Radical al poder.

Esta etapa histórica -marcada por profundas transformaciones sociales, políticas y económicas- imprimiría en los jóvenes de aquellos años un ferviente deseo de dar vuelta al orden impuesto. Son momentos de críticas y cuestionamientos a las fuerzas conservadoras, de anhelos de generar un cambio cultural, de renovar las bases educativas y de transformar radicalmente las estructuras universitarias. Nace entonces una nueva generación, con una fuerte comunión de inquietudes e ideales que van más allá de modificar superficialmente los claustros académicos de aquel momento.

El período conservador-liberal iniciado por Julio Argentino Roca, en 1880, parecía superado; sin embargo, muchas instituciones pretendían permanecer inmunes a los cambios sociales y preservar los privilegios de los sectores más acomodados.

En junio de 1918, los universitarios cordobeses producían los primeros acontecimientos que derivarían en lo que se dio en llamar la Reforma Universitaria: un movimiento que se diseminó por toda América, anticipándose a su tiempo y legando muchas de las consignas que, 50 años después, fueron enarboladas en el Mayo Francés.

El contexto de aquel entonces ya no existe, sin embargo -bajo las condiciones actuales- aún nos asalta una realidad signada por la desigualdad social, cultural y educativa, que nos obliga a tomar nuevamente las banderas de la Reforma del 18 y continuar con aquel proceso, asumiendo los retos del momento histórico que nos toca vivir.

Esto implica abrir el debate en torno a cuestiones tales como: ¿qué universidad queremos?, ¿al servicio de qué proyecto?, ¿para qué país, para qué sociedad?, ¿para qué modelo de hombre y mujer?, ¿para formar qué ciudadanos?, ¿para sustentar qué valores y qué principios rectores?, ¿para generar qué transformación?

Es menester de la política precisar qué es la tan mentada excelencia académica, y si podemos hablar de ella en las condiciones en que se desarrolla actualmente el trabajo docente. Es necesario repensar las prácticas educativas, la evaluación institucional, las condiciones de permanencia de los alumnos y la articulación con los restantes subsistemas de la sociedad.

Que las palabras del Manifiesto de La Reforma nos inspiren. Hoy, más que nunca, los distintos actores vinculados a la educación nacional debemos consustanciarnos de la mística de aquellos jóvenes del 18 para que llamemos a las cosas por su nombre y planteemos los cambios necesarios para resolver los problemas de la educación pública que reclaman atención urgente.

Prof. Blanca Monllau
Senadora de la Nación / integra la Comisión de Educación
FCyS-UCR / Catamarca